Del escenario como refugio diverso a las nuevas dramaturgias

El teatro lgtbiq+ lleva décadas convirtiendo el escenario en un espacio para representar identidades, deseos y conflictos que muchas veces permanecían ocultos fuera de él.

Antes de que muchas realidades lgtbiq+ pudieran nombrarse abiertamente en la sociedad, el teatro ya había encontrado formas de llevarlas a escena. A veces mediante personajes explícitos. Otras, recurriendo a la metáfora, los silencios o los códigos que permitían hablar de aquello que fuera del escenario resultaba difícil expresar.

Esa relación resulta especialmente significativa porque el teatro no existe únicamente sobre el papel. Un texto dramático necesita cuerpos, voces y un espacio compartido con el público. La representación convierte así una historia privada en una experiencia colectiva. Aquello que quizá se vivía individualmente pasaba a ser observado, escuchado y discutido por toda una sala. Por eso podemos hablar de una tradición teatral lgtbiq+ mucho antes de que existieran estas siglas o categorías actuales con las que comprendemos la orientación sexual y la identidad de género.

Una historia del teatro lgtbiq+ escrita entre líneas

Resultaría anacrónico aplicar nuestras categorías identitarias actuales a cualquier personaje o dramaturgia del pasado. Sin embargo, sí podemos reconocer una genealogía de obras que representaron deseos entre personas del mismo sexo. También encontramos expresiones de género alejadas de la norma o personajes cuya existencia cuestionaba las convenciones sociales de su tiempo.

El siglo XX hizo cada vez más visible esa tensión. En 1927, Mae West llevó a escena The Drag, centrada en la homosexualidad masculina. La obra se representó en un momento en el que hacerlo suponía un desafío abierto a las convenciones sociales. Pocos años después, The Children’s Hour (1934), de Lillian Hellman, convirtió la acusación de una relación entre dos mujeres en el detonante de una tragedia. La obra mostraba hasta qué punto el estigma podía destruir una vida. Décadas más tarde llegaría Bent (1979), de Martin Sherman, sobre la persecución de los hombres homosexuales durante el nazismo. Después, The Normal Heart (1985), de Larry Kramer, situaría su historia en los primeros años de la crisis del sida.

En 1991, Tony Kushner estrenó la primera parte de Angels in America, uno de los grandes hitos del teatro contemporáneo. Homosexualidad, sida, política, religión, enfermedad y deseo se cruzan en su dramaturgia. Las experiencias gays dejan de ocupar los márgenes del relato para convertirse en un lugar desde el que observar toda una sociedad.

Estas obras permiten recorrer también parte de la transformación experimentada por la representación lgtbiq+ durante el último siglo.

Del personaje lgtbiq+ al teatro que cuestiona la norma

El teatro lgtbiq+ contemporáneo no necesita limitarse a contar una historia sobre una salida del armario. Tampoco tiene que convertir la orientación sexual o la identidad de género en el único conflicto de sus personajes. Sus dramaturgias pueden hablar de familia, salud mental, violencia, amistad, memoria, deseo, poder o relaciones intergeneracionales. Mientras tanto, sus personajes pueden habitar identidades diversas con naturalidad. También pueden utilizar esas identidades para formular otras preguntas. ¿Cómo funcionan los prejuicios? ¿Quién establece aquello que consideramos normal? ¿Qué sucede cuando una persona queda fuera de esa norma?

La representación no consiste únicamente en que exista un personaje lgtbiq+ sobre el escenario. También importa qué lugar ocupa y qué capacidad tiene para construir su propia historia. Su identidad puede formar parte de un personaje complejo en lugar de convertirse simplemente en un recurso narrativo.

El teatro lgtbiq+ como espacio para la memoria

Hay otra característica especialmente poderosa del lenguaje teatral: permite hacer presente aquello que ocurrió en otro momento. Una persona habla y, durante la representación, una experiencia del pasado vuelve a suceder delante de quienes observan.

Por eso el teatro ha servido también para reconstruir la memoria lgtbiq+. La persecución, la patologización, el sida, la violencia homófoba o el silencio institucional pueden abandonar las cifras y los documentos históricos. Sobre el escenario adquieren voz, rostro y cuerpo. Pero recuperar la memoria no significa permanecer anclados en el dolor. El escenario también puede representar deseo, humor, afectos, contradicciones, comunidad y vidas en las que ser lgbtiq+ no conduce necesariamente a un desenlace trágico. Ampliar la representación significa precisamente poder contar todas esas posibilidades.

Teatro contemporáneo en Kabo&Bero®

En la colección Nerabea de Kabo&Bero® el teatro comparte espacio con la narrativa y la poesía. Entendemos que las realidades diversas también necesitan distintos lenguajes para ser contadas.

La dramaturgia de Iñigo Cobo ocupa un lugar destacado dentro de este género. Rey desnudo y chico muerto conecta diferentes momentos históricos a partir de apenas 58 segundos del presente para abordar prejuicios, violencia, identidad y memoria. La obra establece un diálogo entre épocas y recuerda que muchas experiencias actuales tienen antecedentes que conviene conocer. En KaBoom!, el foco se desplaza hacia Axel, un joven de dieciocho años rodeado de incomunicación, contradicciones y pensamientos intrusivos sobre el suicidio. La identidad forma parte de una trama más amplia sobre las relaciones interpersonales y la salud mental. También aparecen las dificultades para expresar aquello que ocurre internamente.

También publicamos Una herida incurable, de Jon Viar. En este caso resulta importante hacer una distinción. No estamos ante una obra teatral lgtbiq+ en sentido estricto. Se trata de un texto documental dramatizado, basado en hechos reales, que aborda el abuso de poder y la homofobia ejercida desde determinadas instituciones. Hablar de literatura lgtbiq+ también implica examinar los sistemas que históricamente han condicionado las vidas del colectivo.

Aunque escribamos pensando en dramaturgia, publicar teatro significa también reivindicar su lectura. Las acotaciones, los diálogos, los silencios y la distribución de las voces permiten que cada persona construya mentalmente su propia representación.

Además, el texto teatral posee un especial potencial educativo. Obliga a observar diferentes perspectivas, facilita la lectura compartida y permite trasladar los conflictos de los personajes al debate. Por eso nuestros títulos cuentan con materiales complementarios para utilizarlos en el aula, clubes de lectura y otros espacios de reflexión.

Desde las obras que tuvieron que hablar mediante códigos hasta las dramaturgias que hoy pueden nombrar abiertamente identidades, afectos y violencias, el teatro ha cambiado. Sin embargo, el escenario continúa desempeñando una función fundamental.